
A ella le gustaba seguir a su Amo a todas partes. Siempre unos pasos detrás. Siempre pequeña, oteando el desplante del esbelto cuerpo de su Propietario desde el contrapicado a que su escasa altura la obligaba. A ella le gustaba recorrer el mundo detrás de su Dueño, siempre con la pequeña placa dorada con la inscripción que la identificaba, seguirlo allá donde fuera, ya que no por otra razón había dejado la cálida tranquilidad de lo conocido para aventurarse en el nuevo mundo del sinvivir a su servicio. Y así transcurrió su vida, feliz siguiendo a su viajero Señor por estaciones de tren, hoteles, aeropuertos, taxis… Y a cualquier hora, ya fuera las cinco de la mañana o mediodía, ella podía ser requerida a abrirse para él. Y Él la penetraba con infinidad de cosas, hasta colmarla y hacerla sentir ahíta, llena, completa. A veces, una vez penetrada con los más inverosímiles objetos, él se sentaba sobre su cuerpo, oprimiéndola con su masculino peso, casi hasta no dejarla respirar. Y ella sentía su calor y hacía crecer el suyo desde el último rincón de su cuerpo. Así transcurría la vida de aquella pequeña sierva, feliz en su mínima expresión errante, hasta que un día Él la abandonó en aquel extraño lugar. Y ella se pregunto una y mil veces porqué. Y siguió añorándolo, llorando desconsolada, echando de menos a Aquel al que había seguido como una fiel mascota en los últimos dos años. Pobre maleta perdida, en un anónimo aeropuerto, de un desconocido país por una incompetente línea aérea…

