Cada jueves, a las 19 horas, ella acudía a aquel club liberal vestida con su ropa gótica, fetiche, collar de cuero incluido, del que colgaba una cadena. Cada jueves, aquel desconocido del que apenas si había vislumbrado su rostro en aquellos escasos 10 meses, tiraba de esa cadena y la arrastraba a la “mazmorra”, un remedo hollywoodiense de una celda medieval. Cada jueves, durante dos horas, ella era llevada al paroxismo del maltrato cómplice, el desprecio consensuado, el tormento consentido. Cada jueves, durante aquellas dos horas ella llegaba al éxtasis varias veces, embriagada por el placer doloroso, enajenada por el dolor placentero.
Aquel Jueves a ella se le ocurrió mirarlo a los ojos.
Y ya no pudo soportar su desdén, sus humillaciones, su maltrato.
El cielo de su infierno había terminado.




