Estaba allí, inmovil, congelada, estatua viva, tiempo detenido, postura que solo mutaba cada vez que algún viandante tiraba unas monedas en su cestillo. Arrrojé unas cuantas y ella se colocó en una difícil pose, de imposible equilibrio, brazos extendidos, todo su cuerpo descansando sobre un solo pie. Admiré su disciplina corporal, su esbelto cuerpo, su estilizada figura, la vigorosa fragilidad de su osamenta. Y entonces me acerqué y susurré, al tiempo que arrojaba un billete de 5 euros:
-Permanece asi cinco minutos más y te ganarás otros cinco.
Y ella permaneció, ganándose el billete. Y de nuevo mis palabras:
-Los siguientes cinco minutos valen siete euros.
Y allí se mantuvo, firme, estatua viva. Y admiré el ligero temblor de sus cansados brazos, las venas marcadas en su cuello brillante por las perlas de sudor, hasta que un ligero movimiento de su pupila rompió la disciplina para mirarme.
- Cinco minutos más y te ganas el premio mayor: un billete de 10 euros!
Y ella permaneció allí, el rostro tenso , los brazos pesados como de hierro, el aguijón doloroso del cansancio muscular por todo su cuerpo. Entonces cumplí mi promesa, arrojando el billete de 10 euros y marchándome.
Ya por la noche, cuando la concurrencia empieza a desvanecerse, ella recoge el cajón pintado de rojo que le sirve de pedestal y se dirige a su casa. Allí, mientras repasa la contabilidad del día, aparece el billete de diez euros con una cifra garabateada con bolígrafo de tinta negra:
627288492




