-¡Ve ahora al cuarto de baño, quítate las bragas y métete esto! ordenó el Amo a su sumisa, con atiplada voz de flautista, cerrando sobre la mano de ella un pequeño objeto ovoide.
- Vale…respondió la comensal que lo acompañaba desde su altiva languidez, mientras que extendía la palma de su mano en toda su extensión, a la vez que dirigía sus inexpresivos ojos azules hacia aquel objeto que descansaba en ella.
_¿Vale?..¿te parece correcto decir vale? ¡Y cierra esa mano por Dios, que todo el mundo va a ver…!
- Bueno, vale….quise decir, ¡si Amo!…¿Dónde me lo meto, Seeeeñooooor?…
- ¡En el coño joder!..¡en el coño!
- ¿Desean más vino los señores? preguntó, mientras tanto, el camarero que, solícito, habría de acompañar a la musa de 1,80 hacia los lavabos de señoras una vez que había logrado endosar a su acompañante, con suma facilidad y sin oposición alguna por parte de éste, la segunda botella de aquel Ribera del Duero tan caro.
Transcurrieron cinco minutos hasta que la fémina volvió a tomar asiento.
- ¿ Y te sientas así, sin pedir permiso?
- Uyssss….perdón seeeeñooooorrr… dijo la enorme ninfa incorporándose de inmediato y colocando las cruzadas manos a sus espaldas, sobre sus respingonas posaderas.
- ¿Desea que la acompañe a alguna otra parte señora? respondió de inmediato el solícito con lasciva avidez en sus ojos.
- No se preocupe buen hombre es que…
- ¡Siéntate de una vez joder! ordenó de inmediato el aflautado con recia voz de sargento de caballería.
Tras los mejillones de roca calientes con picada deconstruida, hizo su aparición el shabu-shabu de hígado de rape con linquat de sésamo, momento en el que el Amo, con cara de estupor, preguntó a su sumisa:
- ¿No sientes nada?
- ¿Que tengo que sentir…seeeeeñooooor?
- La vibración…
- ¿La vibración?¿que vibración seeeeñooorrrr? ¿Dónde?
- ¡En el coño joder, en tu coño!
- Yo no noto nada seeeñoooorrrr…
Y entonces el solicito camarero observó con estupor cómo aquel cliente se incorporó de su asiento y, tras derramar la copa de vino sobre el mantel con una torpe maniobra, comenzó a hacer extraños movimientos con el brazo, convulsos temblores de arriba abajo y de delante a atrás, mientras aproximaba y alejaba aquel pequeño objeto a la entrepierna de la tía buena que lo acompañaba.
El mando se había quedado sin pilas.



